viernes, 16 de diciembre de 2011
jueves, 1 de diciembre de 2011
Comentario al libro “Abrazadas” de Keila Ochoa.
Este maravilloso libro tocó las fibras más sensibles de mi alma. Me pregunto. ¿Cómo será en aquellas que han sufrido el abuso? A medida que leía el manuscrito, iban desfilando los pequeños rostros de Alicia, Nancy, Teresita, Rebeca, y muchas otras. Ninguna pasaba de los nueve años. Y así mismo, de niños, como Juan Julio, Manuel, Iván quienes fueron rescatados, en nuestro albergue, fundado para este fin. Me impresiona el acierto que la autora hace de la problemática, pero lo más rescatable es la solución a ella, que deviene de lo que Dios nos recuerda en su Palabra ofreciendo consolación esperanza y vidas restauradas.
Situaciones y rostros cercanos, identificadas en la convivencia, como expresiones de vida, resultaron mas contundentes que las apreciaciones psicológicas de un profesional. Pudimos entender la causa del dolor, la impotencia del reclamo, y los anhelos de liberación, todas ellas traducidas en rebeldías y peleas, en pesadillas nocturnas, en constantes escapadas de la escuela y del albergue, como en inapetencias o enuresis nocturnas.
Como refiere la autora muchos libros abordan el tema, pero que distinto es tener el libro abierto de una vida en crisis. Toda lectura secular, terapéutica en estas especialidades, que abordamos nos dieron parte del conocimiento, al tener inmediata necesidad de buscar tratamiento a estas vidas en crisis. Pero gracias a Dios que tuvimos el recurso de la oración y la fe al saber que la obra de restauración la hace el Señor y en eso confié.
Mientras recorría las páginas de “abrazadas” despertaba en mi interior, identificación con ese sufrimiento real, que sin ser mío, tangiblemente, lo hice propio por empatía y acompañamiento. Sin embargo, lo más significativo del libro es el mensaje de esperanza, de sanidad, de ese afecto imperativo, prolongado y trascendente, que solo puede darlo el Dios de toda justicia. Quiero creer que nuestro trabajo no fue en vano y que las Alicias abandonadas, que pasaron por mi vida, sean, como dice Keila, “las jovencitas, hermosas, vestidas con las mejores ropas y de huérfanas hayan pasado a reinas” por la acción maravillosa de Dios.
No es fácil ver de cerca a una sociedad dolida, pero sin compromiso, aun a ciertos magistrados insensibles, minimizando el daño, con actitudes que gritan en su interior, “eso se ve todos los días” legitimando conductas reprobables. La razón, es que la restauración de esas vidas resulta muy costosa e implica compromiso e inversión en el sistema y en las personas. Una mirada fría de estos lideres, es que los niños, “no producen” por eso se posterga toda inversión. Como solución final terminan, muchas veces, devolviéndolos a los hogares maltratantes, sin comprobar la superación de la crisis.
Como la autora precisa, si bien Dios no habla directamente del abuso, sin embargo, Dios empieza este proceso pedagógico, dándole un rostro humano a su pueblo. Advertimos, su paciencia interminable, su misericordia entregada por amor, para sellarlo con el abrazo del Padre, que las víctimas anhelan, como el sediento siervo, cual imagen lacerada por la sed interior que los Salmos nos relatan.
Allí esta el Padre, dolido, ofreciéndoles restauración de vidas, arrancando los eslabones reincidentes de la esclavitud en cadena, que como un cáncer, repiten lo que hicieron con ellos y ellas. Mas adelante, los lleva a ocupar una “situación privilegiada” nos dice Keila, cambiando en sonrisas los ceños fruncidos, en cánticos nuevos, los lutos del alma, como cuando las “raíces son arrancadas de la palmeras, para convertidas en joyas preciosas”.
Este libro no se puede dejar de leer y hasta tenerlo como un manual de encuentro y consulta, para todos aquellos que trabajan con niños, para todo consejero eclesial y aun más, las puertas de la Iglesia deben aperturarse y no estar clausuradas cuando el delito se comete. Somos los embajadores de Dios para ejercer justicia. Nuestro reto continúa, poniéndonos en la brecha por las victimas, teniendo una voz actualizada y firme, buscando restauración a las que sufren humillación y les robaron su inocencia tempranamente. Es caminar de la mano, identificadas con la compasión de Jesús.
Gracias Keila porque junto al quebrantamiento que la lectura produjo en mi, también surgió la gratitud inmensa a Dios por las veces que me dirigió en la búsqueda de soluciones de estas vidas amadas.
Elsa Chigne C.
Apreciaciones de “GENTE QUE CAMINA” de Ezequiel Dellutri.
Esta obra, escrita con maestría pedagógica, le garantiza al lector, llegar a la meta final, con éxito, como propuesta de vida, siempre, que siga la hoja de ruta que el autor señala. Es un libro que edifica de principio a fin. En estos tiempos que las personas tratan de rediseñar la ingeniería de sus vidas, procurando equivocarse menos y alcanzar más, podemos decir que su mensaje es de necesidad urgente.
El autor precisa, como población objetivo, a los jóvenes. Sin duda es la mejor época de la vida para hallar el equilibrio dentro de tanta desorientación social. Es la edad de los sueños, ideales, desafíos y anhelos de cambio y estos sueños se esfuman por no saber plasmarlos en el espacio y en el tiempo, que claramente explica Ezequiel. Los jóvenes, son los héroes en potencia, capaces de llegar al final de sus metas cuando alguien cautiva sus mentes. Al mismo tiempo son proclives al desaliento, a tirar todo por la borda si las cosas no salen como ellos quieren. Por eso Ezequiel pensó en este Plan de vida, no solo para ellos sino para toda persona que sinceramente, quiere vivir una la vida plena.
Al fijar la vista en la estructura del libro, comprendí, que sería difícil no leerlo, ininterrumpidamente. En mi caso, me sentí atrapada por su singularidad, objetividad y sobre todo por los fundamentos sabios de la Palabra. Allí encontramos a Jesús respondiéndonos con autoridad:
“Yo soy el camino,
Yo soy la verdad
Yo soy la vida…..”
El autor va definiendo el eje de la temática, a través del énfasis que le da al sustantivo “Camino” que se convierte en el marco lógico de la obra.
Su energía y vigor se traduce en un enfoque claro, directo, libre de lo gaseoso. No anula el tono afectivo de una invitación cálida, no impuesta, sino que sugiere y comparte, cual maestro tierno, que busca lo mejor para su discípulo. En declaraciones como: “Nosotros somos el sueño de Dios, su más grande anhelo…” nos descubre el propósito de Dios en nuestras vidas, que es convertir nuestro camino y el suyo en una sola vertiente hacia su reino.
El presente contínuo y el uso reiterativo del verbo ir, en “Gente en el camino” nos lleva a la reflexión que toca el corazón: ¿A dónde vas? ¿A donde vas? ¿A dónde vas?
Leer estas interrogantes, trajeron a mi memoria la lectura de esa gran novela historia que, en mis años juveniles leí, cuyo título era ¿Quo vadis? ¿A dónde vas? de Henryk Sienkiewiez. Los mismos cuestionamientos de “Gente en el camino”. Sin embargo, mientras el primero nos confronta con la realidad existencial, y nos lleva a tomar decisiones, la segunda solo halaga la mente y el conocimiento cultural, pero sin dejar huellas trascendentes.
Cuánto más podríamos hablar del mensaje de esta obra de gran profundidad, cuya base bíblica esta enfocada en la vida y obra del profeta Nehemias. Aprendemos de él, que si queremos alcanzar nuestros sueños, tenemos que dejar la comodidad, porque esta se convierte en un obstáculo para tomar decisiones. Si queremos seguridad, entonces debemos ir siempre en pos de esos sueños, pero insertar en ellos la búsqueda de la solución de las necesidades de otros.
La lectura me lleva a recordar conceptos vitales que deben ser mi estilo de vida cuando reflexiono y me pregunto ¿Qué le puede pasar a mi hermano si yo no intervengo?
Elsa Chigne C.
sábado, 21 de mayo de 2011
Este maravilloso libro tocó las fibras más sensibles de mi alma. Me pregunto. ¿Cómo será en aquellas que han sufrido el abuso? Yo no los viví, pero a medida que leía el manuscrito, iban desfilando los pequeños rostros de Alicia, Nancy, Teresita, Rebeca, y muchas otras. Ninguna pasaba de los nueve años. Y así mismo, de niños, como Juan Julio, Manuel, Iván quienes fueron rescatados, en nuestro albergue, fundado para este fin y con quienes mantuve una relación personal. Me impresiona el acierto que la autora hace de la problemática, pero lo más rescatable es la solución a ella, que deviene de la Palabra de Dios y es por eso que ofrece consolación esperanza y vidas restauradas.
Situaciones y rostros cercanos, identificadas en la convivencia, como expresiones de vida, resultaron mas contundentes que las apreciaciones psicológicas de un profesional, en un comienzo. Pudimos entender la causa del dolor, la impotencia del reclamo, y los anhelos de liberación traducidas en rebeliones y peleas, en pesadillas nocturnas, en constantes escapadas de la escuela y del albergue, como en inapetencias o enuresis nocturnas.
Como refiere la autora muchos libros abordan el tema, pero que distinto es tener el libro abierto de una vida en crisis. Toda lectura secular, terapéutica en estas especialidades, que abordamos nos dieron parte del conocimiento, al tener inmediata necesidad de buscar, tratamiento a estas vidas en crisis. Pero gracias a Dios que tuvimos el recurso de la oración, y la fe, de saber que la obra de restauración la hace el Señor y en eso confié.
Mientras recorría las páginas de “abrazadas” despertaba en mi interioridad, identificación, con ese sufrimiento real, que sin ser mío, tangiblemente, lo hice propio por empatía y acompañamiento. Sin embargo, lo más significativo del libro es el mensaje de esperanza, de sanidad, de ese afecto imperativo, prolongado y trascendente, que solo puede darlo el Dios de toda justicia. Quiero creer que nuestro trabajo no fue en vano y que las Alicias abandonadas, que pasaron por mi vida, sean “las jovencitas, hermosas, vestidas con las mejores ropas y de huérfanas hayan pasado a reinas” por la acción maravillosa de Dios, como magistralmente describe Keila Ochoa.
No es fácil ver de cerca a una sociedad dolida, pero sin compromiso, aun a ciertos magistrados insensibles, minimizando el daño, con actitudes que gritan en su interior, “eso se ve todos los días” legitimando conductas reprobables. La razón, es que la restauración de esas vidas resulta muy costosa e implica compromiso e inversión en el sistema y en las personas. Una mirada fría de estos lideres, es que los niños, “no producen” por eso se posterga toda inversión. Como solución final terminan, muchas veces devolviéndolos a los hogares maltratantes, sin comprobar la superación de la crisis.
Este libro, tiene relevancia porque vemos el actuar de Dios lleno de amor y compromiso con las víctimas. Como la autora precisa, si bien Dios no habla directamente del abuso, sin embargo, Dios empieza este proceso pedagógico, dándole un rostro humano a su pueblo. Advertimos, su paciencia interminable, su misericordia entregada por amor, para sellarlo con el abrazo del Padre, que las víctimas anhelan, como el sediento siervo, que los Salmos nos relatan, cual imagen lacerada por la sed interior.
Allí esta el Padre, dolido, ofreciéndoles restauración de vidas, arrancando los eslabones reincidentes de la esclavitud en cadena, que como un cáncer, repiten lo que hicieron con ellos y ellas. Mas adelante, los lleva a ocupar una “situación privilegiada” nos dice Keila, cambiando en sonrisas los ceños fruncidos, en cánticos nuevos, los lutos del alma, como cuando las “raíces son arrancadas de la palmeras, para convertidas en joyas preciosas” ratifica la autora.
Este libro no se puede dejar de leer y hasta tenerlo como un manual de encuentro y consulta, para todos aquellos que trabajan con niños, para todo consejero eclesial y aun más, las puertas de la Iglesia deben aperturarse y no estar clausuradas cuando el delito se comete. Somos los embajadores de Dios para ejercer justicia. Nuestro reto continúa, poniéndonos en la brecha por las victimas, teniendo una voz actualizada y firme, buscando restauración a las que sufren humillación y les robaron su inocencia tempranamente. Es caminar de la mano, identificadas con la compasión de Jesús.
Gracias Keila porque junto al quebrantamiento que la lectura produjo en mi, también surgió la gratitud inmensa a Dios por las veces que me dirigió en la búsqueda de soluciones en crisis existenciales.